Ninguna pieza pasa a color sin una ronda de boceto aprobada. En encargos editoriales eso significa enviar dos o tres composiciones en gris para discutir jerarquía y espacio de titular antes de invertir horas en acabado. Es más lento al inicio, pero evita rehacer una ilustración entera cuando el brief cambia de ángulo a mitad de camino.
Trabajo con paletas cortas, casi siempre tinta azul y rojo óxido sobre papel hueso, definidas según el medio final. Una portada de libro juvenil y una apertura de suplemento cultural no resisten la misma saturación: la primera se ve en pantalla y catálogo, la segunda pasa por imprenta. Ajusto contraste y valores pensando en ese destino, no en el archivo original.
Cuando entrego personajes para animación independiente, no mando solo el dibujo bonito. Van rotaciones a tres cuartos, hoja de expresiones y una ficha de proporciones con notas de silueta. El estudio necesita reconocer al personaje en plano medio y a distancia, y eso se resuelve en la ficha, no en la ilustración de presentación.
Cada trabajo publicado en el portafolio lleva una nota breve: qué pedía el cliente, qué restricciones había y por qué tomé ciertas decisiones de composición. No es relleno. Sirve para que quien cotiza un encargo similar entienda de antemano cómo trabajo y qué esperar del proceso, sin promesas que después no se sostienen.
Antes de empezar defino número de rondas de revisión, formato de entrega y fechas intermedias. Los encargos de temporada suelen tener ventanas ajustadas por cierre de edición, así que prefiero decir que no a tiempo que aceptar y entregar tarde. Esa parte administrativa también es parte del oficio.